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EL
MESTIZAJE DE LA ECONOMÍA
La economía monetaria que nos trajo la conquista ha sido, evidentemente, uno de los más importantes aportes de la cultura occidental. Mas seríamos ciegos si pensáramos que ese sistema ha significado una solución óptima para todos nuestros múltiples y complejos problemas. Su impotencia se manifiesta cuando observamos que, de las mil quinientas capitales de Distrito, mil doscientas carecen de agua, desagüe y fuerza motriz, faltándoles carretera de acceso a la mitad de esos centros administrativos básicos. El Perú construye caminos para automotores desde hace mas de cuarenta años y, en tan dilatado lapso, no ha logrado intercomunicar sus centros vitales. La economía y la finanza europea, por sí solas, no han dado con la solución.
La excusa de una crónica escasez de recursos fiscales no es, pues, admisible en un país cuya tradición es la de haberse forjado a base de recursos humanos. Mientras la economía monetaría siga siendo impotente frente a la inmensa tarea por realizar, no debemos echar al olvido las enseñanzas de nuestra economía arcaica. Sería absurdo pretender que nos limitáramos a volver a ella, encogiéndonos de hombros ante el adelanto que, en ese como en tantos aspectos, nos vino de la vieja Europa. Pero resultaría igualmente inadmisible que, ante esa comprobada impotencia monetaria, no buscáramos una solución peruana, manteniendo desde luego en mente el objetivo de llegar a vigorizar en tal forma nuestra economía monetaria que ella pudiera aplicarse con largueza y eficiencia hasta en los más remotos lugares del territorio.
La pintura no se sustrajo a esta regla y la escuela cuzqueña empleó, con igual habilidad la paleta multicolor del cuadro renacentista cristiano y el pigmento dorado, que aportaba al tema religioso los reflejos del sol, venerado por los antiguos peruanos, que parecía extinguirse en un crepúsculo de divinidad. ... La religión que proclama la igualdad entre los hombres fue factor fundamental en la fusión de las dos razas y, por lo tanto, asimiló ella misma los efectos del mestizaje. Los misioneros tuvieron cuidado de no imponer bruscamente su doctrina. Con sensibilidad de buenos cristianos usaron pacientemente de la persuasión y tradujeron al quechua el Evangelio. Tostado por el fuego de 1a ofrenda, Cristo se hizo indio en el Crucifijo de 1os Temblores y la Virgen se presentó morena en los santuarios andinos. Prevalecen aún notas paganas en el culto del Altiplano, transferido del Sol, al Dios que lo creó. Y en todas las manifestaciones folklóricas ocurre el mismo fenómeno: se produce un mestizaje evidente y hasta el vals vienés se hace criollo entre el Puente y la Alameda. Allí, donde se acepta y asimila la realidad mestiza del Perú, se obtienen resultados valiosos en originalidad y creación. Allí, donde se rehúsa admitirla es donde encontramos lo exótico, lo inapropiado y, lo que es más grave, donde comprobamos la impotencia para enfrentar y resolver las grandes cuestiones que preocupan al país.
SON LAS RAMAS LAS QUE DAN LOS FRUTOS
Hemos estimado en unas 725 las capitales de distrito que carecen de acceso vial y en unos 16,000 kms. - la mitad de la extensión actual de carreteras - el recorrido que habría que hacer para lograr las múltiples conexiones requeridas. Aisladamente, ninguna dé esas pequeñas carreteras podría considerarse como de interés nacional. Pero, sumadas, ellas constituyen una magna tarea cuya realización significaría crear la verdadera unidad del país, revalorizar sus tierras, ampliar sus mercados de producción y consumo y, en suma, sacar al Perú del atraso en que se encuentra. En el orden político-administrativo es innegable que la jurisdicción territorial básica no debe dejar de tener acceso para vehículos automotores, cuya presencia acorta distancias, reduce fletes y amplía la región alimenticia de los grandes centros urbanos.
La ley dio frutos incuestionables, ya que se pudo construir una larga red caminera que, a pesar de sus defectos técnicos - gradientes excesivas, curvas de radio pequeño, carencia de obras de arte, etc. - sacó de su aislamiento a muchas poblaciones apartadas. Pero se incurrió en un grave error de planteamiento, al inspirarla en la ingrata y repudiada mita - trabajo obligatorio impuesto en las minas por los conquistadores - en vez de basarla en los luminosos legados ancestrales del ayni y la minka - esfuerzo voluntario mancomunado surgido de la inquietud cívica de la comunidad -. Tal vez por ello se prestó a abusos que dieron lugar, a raíz de la revolución de 1930, a su derogatoria, medida precipitada y drástica que acabó, al unísono, con las virtudes y los pecados de dicha legislación. El cacique político y el gamonal abusaron de la Conscripción Vial. El campesino trabajó gustoso cuando el camino daba acceso a su comunidad o a zonas donde predominaba la pequeña propiedad, es decir, donde el esfuerzo tenia la compensación de beneficiar, no a unos cuantos, sino a la colectividad toda. Mas fue a regañadientes y forzado allí donde el camino llevaba al latifundio. Se cometió el error de no interrelacionar agricultura y vialidad en esta legislación inicial. Se llegó al extremo de trasladar braceros de una provincia a otra, con lo cual se quitaba al trabajo el aliciente de beneficiar al propio suelo natal. Finalmente, se favoreció al ciudadano acaudalado, para quien el pago de un mísero jornal significaba la liberación del trabajo obligatorio y no correspondía a su ganancia diaria, como ocurría en el caso del peón humilde, que tendría que aportarlo íntegramente, de no poder realizar con sus manos el trabajo. Estos errores evidentes han constituido el lado desfavorable de la Conscripción Vial. Pero debemos abonarle en cuenta la magnitud de la obra realizada en el decenio ten que estuvo en vigencia, dando unos 19,000 kms. de carretera, según algunos defensores del sistema. Más tarde se practicó la construcción por el propio Gobierno y, después, se implantó un régimen contractual, con evidentes limitaciones financieras. Los resultados están a la vista; la estadística no engaña. Más de la mitad del territorio en sus partes pobladas sigue inaccesible. Por eso creemos en la necesidad de volver los ojos a los pueblos mismos. Se hace evidente la conveniencia de avivar la llama no extinguida del espíritu comunal, que sigue dando frutos insospech1ldos en las alturas andinas y en los llanos selváticos. Se requiere alentar ese trabajo voluntario, que es la manera cómo los pueblos humildes y patriotas hacen, a falta de dinero, su aporte tributario a la nación. Si la acción del Estado en cuanto a construcción de vías regionales do sólido sustento económico sobrepasa su capacidad de financiación, no podemos esperar que se aboque a la labor de interconectar los distritos, lo que, dentro de un sistema mercantil y contractual, importaría al erario fantásticas inversiones de dinero. Si queremos resolver en breve plazo el problema del acceso vial a los pueblos olvidados, tendremos que apelar a otros medios. Nosotros proponemos tomar, por un lado, la enseñanza milenaria del pasado, es decir, promover la acción popular que, en el orden vial, ha dado aquí como frutos lejanos pero inolvidables, los Caminos del Inca y, por otro, subvencionar este esfuerzo en la medida en que el fisco pueda hacerlo, sobre todo en la forma de una ayuda técnica y de una asistencia efectiva en algunos aspectos complejos, como el de los puentes y otras obras de arte. Utilizaríamos así todo el aporte de la técnica moderna junto con el caudal atávico, invalorable, del esfuerzo comunal. En suma, queremos aplicar a la vialidad la norma realista, salvadora y, por encima de todo, peruanísima, de un mestizaje de la economía.
En las 725 capitales de Distrito que permanecen aisladas hay, sin duda, en los brazos de sus hijos, como lo ha habido en los de Huamantanga, un potencial equivalente. Esto quiere decir que tenemos 2,175 millones de soles que están latentes, en tantos pueblos desconectados del resto del país. Pero esos millones no deben contabilizarse en monedas sino en esfuerzo y no significarán nada mientras no se ponga en marcha el trabajo. Por ello creemos que la maquinaria estatal debe prepararse para impulsar a los pueblos a la acción mancomunada y colectiva, que ahora se alienta sólo en mínima escala, y que la habilidad de un gobierno que quiera sinceramente trabajar por el bien de todos ha de radicar en una política que sepa poner en valor, junto a nuestros exiguos recursos monetarios, los inmensos caudales humanos desaprovechados, en un país que sufre y espera. Fernando Belaunde Terry. |