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EL CULTO AL TRABAJO

Preocupa hondamente en la hora actual a estadistas, gobiernos e instituciones internacionales el problema que se ha dado en llamar la "ocupación plena". El mundo liberal-capitalista ha confrontado la crisis más de una vez y, a falta de previsión, se ha visto en la necesidad de recurrir a costosos e infecundos paliativos: los subsidios a los "sin empleo". Antes del gobierno de Franklin Roosevelt este problema hizo tambalear en forma alarmante al edificio aparentemente sólido de la democracia americana. El "Nuevo Trato" tuvo el acierto de aplicar al veneno de la desocupación el antídoto que lo hizo inocuo: una corriente arrolladora de empleo planificado. Un inmenso plan de obras públicas que no logró detener la escasez monetaria del momento, hizo posible la recuperación.

Así como en el antiguo Perú se abolió el hambre por primera vez y quizá última, al decir de Hyams, también se evitó, mediante una acción previsora y decidida, el desempleo. Tuvieron "LEY QUE MANDABA QUE NADIE ESTUVIESE OCIOSO", dice BIas Valera. Y en su código moral, esos mandamientos que en número de tres, para unos, y de cinco, para otros, sintetizaban prácticamente en unas tablas de la ley andina aquellas otras de nuestra fe, se incluía la norma "NO SERÁS PEREZOSO" que no hallamos entre las diez recibidas por Moisés en lo alto del Sinaí. En el Perú adquirió, pues, el trabajo una alta jerarquía moral y se le consideró, según Baudin, "más como un fin que como un medio, ya que su papel era, ante todo, asegurar la salud física y moral del trabajador. .."

Pocas veces el trabajo, elevado a la categoría de doctrina, ha sido más celosamente practicado y respetado. Así como se planificaba en el orden vial o en el aspecto agrícola, el trabajo era también motivo de cuidadoso análisis previo y de certero y previsor planeamiento. Es un hecho histórico que no debemos olvidar en un país que, como lo indica el censo, exhibe ahora un alarmante porcentaje de la población sin ocupación conocida y, como puede observarse a lo largo del territorio, gran parte de los campesinos sólo encuentran en la tierra una ocupación parcial, esperando pauperizados los cortos períodos de sembrío y de cosecha, sin saber qué hacer con el tiempo sobrante.

En épocas pasadas nadie escapaba a la obligación de tributar al Estado y las labores en las tierras del Inca, realizadas colectivamente con miras a contribuir en especies, mantenían ocupada a la población que, además, era requerida para la ejecución de obras de beneficio comunal. Hoy las lejanas comunidades andinas que no se han incorporado plenamente al mecanismo estatal, no hacen aporte alguno a la administración pública.

No por prosaico debe dejar de recordarse el hecho aleccionador de que los incas, cuando las circunstancias impedían la ocupación en la tierra, decretaban las más insospechadas labores: alguna vez exigían a los pueblos amenazados de inevitable inactividad que tributaran en cañones de plumas rellenos de piojos vivos. No pudiendo dedicar su laboriosidad a las tareas de la producción, interrumpidas por plagas, heladas o sequías, la aprovechaban así en beneficio de la higiene.

El sabio régimen de tributación que necesariamente debía emplear como medio de pago la moneda-mercancía o el esfuerzo directo se efectuaba - según Cieza de León - dentro de normas razonables, inspirándose en las posibilidades del medio o en las inclinaciones y aptitudes de sus habitantes. Utilizaban el pimiento, el charqui, el cobre, el maíz, el chuño, la sal, la coca, las plumas de ave como medio de pago. No se establecía, dice Baudin, tributo alguno sobre los bienes de propiedad del contribuyente, sobre los productos de su tupu o los vestidos fabricados por el indio con la lana de sus llamas.

"Había moderación en la cobranza", afirma, efectivamente, Cieza. Y refiere cómo unos contribuían con tantas cargas de maíz como casas había, otros con tejidos, mantos, piezas de vestir, lanzas, hondas y otras armas de guerra. Se dice hoy que debe "incorporarse" al indígena a la nacionalidad, cuando en verdad debería decirse que debe "RE-INCORPORÁRSELE", que es un hecho comprobado e Irrefutable que otrora contribuyó eficaz y ordenadamente a la marcha del Estado, Si la moneda-mercancía logró cubrir en su aplicación todo el territorio, la moneda a secas, traída por el conquistador no ha logrado aún sintetizar, en cifras, toda la economía del país.
Con medios primitivos, lejos de las diversas influencias culturales que inspiraron y tonificaron otras civilizaciones, el antiguo Perú, a pesar de su aislamiento, logró idear y poner en práctica normas sabias de administración que en no pocos casos hemos sido incapaces de continuar o mantener. El objetivo moderno y palpitante de la "OCUPACIÓN PLENA" era, en efecto, en esos lejanos tiempos prehispánicos un problema resuelto.

Y así como nuestro pasado se caracteriza por la laboriosidad incansable de los peruanos, en el desencanto que trajo la conquista y la decepción que produjo la frustración republicana, en la nave sin rumbo de nuestros gobiernos desidiosos, el indígena, atávicamente habituado a una disciplina y un objetivo, se encuentra desorientado y es presa de la desnutrición que muy a menudo trata de olvidar en el éxtasis degenerante del vicio. El alcohol y la coca, difundidos por manos irresponsables ante la impunidad del desgobierno, han ve- nido a debilitar su organismo que, en la orgía de las fiestas, engendra frecuentemente en las más adversas condiciones a las generaciones futuras.

El Perú debe volver a ser un país planificador del empleo pleno. Debemos tener como objetivo fundamental el de restaurar el antiguo culto al trabajo y podemos lograrlo mediante una política que tienda a implantar la única escasez justificable y provechosa: la escasez premeditada, calculada y provocada de la mano de obra. La escasez a que dará lugar una política dinámica de obras públicas y de difusión crediticia, que mantenga en nivel ascendente la demanda de trabajadores. Sólo así las remuneraciones alcanzarán alturas de justicia y bienestar.

Para reincorporar al indígena a la comunidad nacional debemos reeditar, con reverente homenaje al pasado, una vieja ley peruana. Aquella que Garcilaso nos trasmite citando a BIas Valera como "LA LEY DE HERMANDAD". Llamaban así a la norma que "mandaba a todos los vecinos de cada pueblo se ayudasen unos a otros a barbechar ya sembrar ya coger sus cosechas y labrar sus casas y otras cosas de esta suerte, y que fuese sin llevar paga alguna. .." Fue mediante esta norma cooperativista que se construyeron los caminos del inca, los tambos, los andenes y los canales. En aquel antiguo régimen el ciudadano cumplía con tributar en trabajo y nadie escapaba a esta regla. Fue tal el impulso que la alentaba que Cieza de León, años después de la conquista, advirtió cómo los indios seguían empeñados en trabajar las tierras del inca. Rehusaban así tercamente, aceptar "desincorporarse" de la economía nacional.

Una nueva versión de la "Ley de Hermandad" sería la que, como lo hemos propuesto bajo el nombre de "Ley de Cooperación Popular", organizara el trabajo colectivo, le ofreciera subsidios condicionados al esfuerzo comunal, estimulara la iniciativa de los pueblos y absorbiera innumerables horas libres qué los incas no quisieron desaprovechar. Así se pondría en práctica lo que hemos llamado el "mestizaje de la economía", respuesta histórica al momento de transición que todavía viven muchas de nuestras regiones apartadas. Transición entre la ayuda mutua del sistema arcaico y el régimen contractual y monetario del sistema moderno.

Si el Perú quiere salvarse, si desea volver a ser un país sin hambre ni desocupados, si acepta el honroso destino que alguna vez le tocó de ser sede original de la justicia social, debe restaurar en la alta jerarquía de doctrina a nuestra vieja e insuperada tradición del CULTO AL TRABAJO.

Fernando Belaunde Terry.